Por Florencia Angilletta

El 25 de marzo, domingo de Ramos, un día después de la multitudinaria marcha por la memoria, la verdad y la justicia, otro grupo de personas –no hay que dar por sentado que algunas no sean las mismas; en definitiva, no hay que dar nada por sentado– fue a la Facultad de Derecho para reclamar que no se modifique la legislación argentina sobre el aborto. Entre los manifestantes, la atención la cautivó un muñeco gigante. Para quienes fueron a esa convocatoria el muñeco se llama “niño por nacer”; para quienes fueron al pañuelazo histórico del 19 de febrero, un mes antes a pedir por el aborto legal, el muñeco se llama “feto”. Pero hagamos como si la discusión no fuera tan simple, como si no pudiera sólo agotarse en estas dos posiciones.

Ese muñeco, dantesco y cíclope, que caminó por Avenida del Libertador, que ilustró las tapas de los diarios al día siguiente, que se transformó en meme millennial y circuló ridiculizado por las redes, también es la cifra, bifronte, de buena parte de la sensibilidad de los argentinos/as para quienes sus vidas se forjaron en un mundo en el que el embarazo era sinónimo de un hijo. En esta afectividad se fundaron proyectos de vida, familias, también muertes, claro. No habría que desatender tan rápidamente el simple hecho de que quienes discutimos sobre aborto estamos vivos, y quizá en gran parte, también porque fuimos hijos de esa época. La vida ocurre ahí donde se rozan la generación, la suerte, el consenso, el deseo, o incluso la “planificación”. El reclamo por el aborto legal, entonces, no tiene por qué minimizar o cuestionar a quienes aún hoy reivindican el embarazo como la cifra máxima del destino, a quienes deciden agachar la cabeza frente a eso, y a quienes a ese gesto quieren llamarlo heroicidad, religión o sacralidad –que es más o menos lo mismo­–.

“LA VIDA OCURRE AHÍ DONDE SE ROZAN LA GENERACIÓN, LA SUERTE, EL CONSENSO, EL DESEO, O INCLUSO LA “PLANIFICACIÓN”

Ni una menos no inventó el aborto. El feminismo no inventó el aborto. Ésta es otra temporalidad simultánea a la anterior y quizá más “transversal”: el aborto –el intento de abortar, digamos– es una práctica ancestral, aunque muchas veces ni siquiera se pudiera nombrar como tal. Mujeres que se ponen ungüentos, se meten perejil, se lastiman. Mujeres que se tiran por las escaleras, se golpean contra los placares, o se hacen lavajes. Mujeres que toman misoprostol. Mujeres que interrumpen el embarazo en consultorios truchos. ¿Quién no conoce a un cuerpo gestante que haya vivido alguna de estas situaciones?

El tono de las últimas discusiones feministas se arma encima del núcleo más áspero de la vida social en democracia: la frontera entre daño y crimen. Estar vivos es ser vulnerables: todos podemos ejercer daño y ser dañados. A una forma de esta posibilidad del daño, cuando ocurre contra las mujeres o la comunidad LGBTI “sólo por el hecho de serlo”, ahora podemos nombrarla, para decirlo rápidamente, “patriarcado”. ¿Cuándo termina el daño y cuando comienza el delito? La respuesta es móvil, escurridiza. En la legislación argentina la infidelidad, por ejemplo, era un delito (penal) hasta 1995; en el actual código civil ni siquiera figura como deber conyugal. El ejemplo es contundente: podemos sentirnos dañados ante una infidelidad, podemos invocar al patriarcado también; lo que ya no podemos es fantasear con mandar a alguien preso.

“EL TONO DE LAS ÚLTIMAS DISCUSIONES FEMINISTAS SE ARMA ENCIMA DEL NÚCLEO MÁS ÁSPERO DE LA VIDA SOCIAL EN DEMOCRACIA: LA FRONTERA ENTRE DAÑO Y CRIMEN.”

En las sesiones en el Congreso habrá expositores que muestren al aborto como un daño, y otros/as que no. El punto a coincidir no es tanto ése: la ley sale si hay acuerdo en que el aborto deje de ser pensado como un crimen. ¿Todas las personas que abortan deben ir presas o correr el riesgo de morir por intentarlo? Ésa es la pregunta. Un Estado que no legaliza el aborto es uno que instala, “de facto”, la maternidad obligatoria. Y para el que, entonces, ser madre y ser buena es parecido, o idéntico. ¿Y el daño?

El aborto existe. Abortar puede ser político también. Historias que se traman en la ficción cúlmine de Latinoamérica, de esa herida mestiza, de ese constante susurro de “cerrá las piernas” a las primeras mujeres que salieron de sus casas, de los abortos que también ocurrieron en los centros clandestinos de detención. La “agenda” del aborto es política (lo sabemos, obvio, ¿y acaso podría no serla?) y es un téster de los cambios en la historia afectiva del Estado reciente. Desde ese clamor por la vida bien propio de la ambigüedad de la transicionalidad democrática –en un arco que incluye Baglietto y Garré con “Era en abril”, y Cerati en “Te llevo para que me lleves”– hasta las propias Madres y Abuelas de Plaza de Mayo treinta y cinco años después con el pañuelo verde. Las leyes, como la del aborto, son las más negociadas de todas: son más que la suma de sus partes, son más que la suma de sus votos.

“PODEMOS SENTIRNOS DAÑADOS ANTE UNA INFIDELIDAD, PODEMOS INVOCAR AL PATRIARCADO TAMBIÉN; LO QUE YA NO PODEMOS ES FANTASEAR CON MANDAR A ALGUIEN PRESO”

Los feminismos son horizontes de libertad –en un mundo de autonomía siempre relativa– que impulsan que las personas puedan elegir; incluso lo que no siempre se preferiría para uno mismo. ¿Por qué juzgar a las que no hacen lo que nosotras suponemos que haríamos si estuviéramos en su lugar? Aquí se traman dos problemas: “representatividad” y “manipulación”. Ser madre es una imposición social, sí, lo dijo Élisabeth Badinter hace décadas, no mucho más que puede serlo estudiar, trabajar o –incluso en ciertos contextos– “ser feminista”. Sobre lo primero: es tan burdo atacar al cristianismo por las manifestaciones “antiderechos” de algunos fieles como despreciar al feminismo por lo que diga una mujer en la televisión. Las verdades suelen transitar un camino intermedio. Nadie “es” la Iglesia, nadie “es” el feminismo. Este texto tampoco representará a varias, claro. Y está bien que así sea.

Los debates en torno al proyecto de interrupción voluntaria del embarazo (IVE) han reeditado prejuicios históricos entre feminismo y religión, o dicho ampliamente, entre alfabetización y creencias. Algunos/as se sienten dueños de una nueva “torre de cristal”, la de los que no se sienten atraídos por algo más grande que sí mismos, y desde ahí menosprecian al cristianismo –que también es “cultura”, como cualquier religión o expresión espiritual–. Una mirada de élite y adorniana sobre la fe, convencida de que sólo creen quienes no saben tanto como ellos.

“SER MADRE ES UNA IMPOSICIÓN SOCIAL, SÍ, LO DIJO ÉLISABETH BADINTER HACE DÉCADAS, NO MUCHO MÁS QUE PUEDE SERLO ESTUDIAR, TRABAJAR O –INCLUSO EN CIERTOS CONTEXTOS– “SER FEMINISTA

Todas son oprimidas menos yo, ése nunca es un buen punto de partida. Al igual que disputamos la posibilidad de autonomía en una trabajadora sexual y la de decisión en una adolescente que continúa su embarazo, también deberíamos respetar la libertad en una profesora de catequesis. O mejor: pro-ley no siempre es anti-dios, y necesitamos esas voces que se puedan pronunciar a favor de la legalización, aunque no lo hagan a favor del aborto en sí.

“Las bases están divididas”, dijo Juan Grabois. Otra forma de decir que los “martes verdes” pueden estar transformándose en una gesta cool. Las estadísticas son estadísticas: la ley entre mujeres de sectores vulnerabilizados tiene menor adhesión. Cuando casi ni llega el Estado, a veces llega la religiosidad que opera mediante circuitos de normalización (por supuesto, y con las peleas que hay que dar ahí, como la aplicación de la ley de Educación Sexual Integral) a la vez que de emancipación. Trayectorias contradictorias en las que las religiones conforman una posibilidad de contención, voz, sociabilidad, recreación, redes con otras mujeres e incluso participación pública en tiempos o contextos hostiles a otras formas. Parte de la religión, parte del problema, parte de la solución. ¿Por qué leer en una única dirección? ¿No era que las instituciones nunca son monolíticas? Burlarse de la fe tampoco parecería buena estrategia política: las luchas no se ganan con las diferencias afuera.

“ALGUNOS/AS SE SIENTEN DUEÑOS DE UNA NUEVA “TORRE DE CRISTAL”, LA DE LOS QUE NO SE SIENTEN ATRAÍDOS POR ALGO MÁS GRANDE QUE SÍ MISMOS, Y DESDE AHÍ MENOSPRECIAN AL CRISTIANISMO”

En estas nuevas geografías afectivas de lo viviente, además, no tendríamos por qué rechazar tan velozmente todos los señalamientos de la Iglesia. ¿Cuáles vidas valen la pena? ¿A cuáles les dirán “sacátelo”? Mientras se leen estas palabras hay una mujer o cuerpo gestante realizando técnicas para quedar embarazada, otra abortando, otra adoptando, otra queriendo ser definida como madre de su “no nacido”, otra decidiendo no tener hijos. Muchas religiones increpan donde tienen que increpar: que los efectos de la ley no deberían producir “embarazos de primera” y “de segunda”, o un Estado que distribuya vidas para ser vividas y vidas que es mejor descartar.

Mi cuerpo es mío (y del Estado). Mi educación sexual es mía (y del Estado, también). La discusión es política más que ética –por lo que el foco nunca puede ser lo que “yo” haría–. La legalización del aborto es una cuestión de salud pública. Las dificultades efectivas para acceder a un aborto legal, en los casos que sí están contemplados por la legislación actual, y la ilegalidad del aborto, en los otros casos que contemplaría el proyecto de la IVE, implica mujeres privadas de su libertad –que las hay, y no hay que invisibilizarlas en los debates– y, sobre todo, mujeres muertas por abortar en situaciones de marginalidad.

“PRO-LEY NO SIEMPRE ES ANTI-DIOS, Y NECESITAMOS ESAS VOCES QUE SE PUEDAN PRONUNCIAR A FAVOR DE LA LEGALIZACIÓN, AUNQUE NO LO HAGAN A FAVOR DEL ABORTO EN SÍ”

En estas semanas, algunos han publicado en Facebook “como cristiano, apoyo la legalización del aborto”; otros más tímidos compartían la entrevista que le hicieron a la fundadora de “Católicas por el derecho a decidir” de la Argentina. ¿Qué piensan los legisladores que los cristianos/as sienten? Los números muestran que puede ser clave apoyar la legalización desde nuestras convicciones religiosas, y no simplemente desde la laicidad (voz fundamental, sin dudas, que ha sido mayoritaria en gran parte de las intervenciones públicas). Muchas feministas creyentes también apoyan la ley. Recemos por ellas: quizás puedan cambiar la historia.

Fuente: http://panamarevista.com/honraras-a-tus-leyes/


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